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Saudade.

Está ahí de nuevo. Hace un tiempo que anunciaba su visita con notas en blanco franqueadas con sellos de silencio. No importa que haya optado por la estrategia de los monos, que no quisiera ver, que no quisiera oír, que no pudiera hablar. Está ahí de nuevo. Ha traído un billete de ida y un billete sin vuelta que amenazan con ahogarme. Es dueña de mi insomnio y durante ese duermevela en que se han convertido mis noches me obliga a fijar el pensamiento en esa nada que ahora me rodea. A veces me muestra una caja, yo quisiera que fuera la caja de Pandora y que en su interior aún quedara la esperanza, pero ya no guarda palabras. Está forrada con el eco de pequeños reproches, forrada de miradas que se desvían para no encontrar la tuya, forrada con el eco de esos pequeños pasos que se alejan de ti de modo irremediable.
Quisiera gritar un vuelve, un te quiero, cualquier cosa, pero las palabras se mueren en mis labios para resucitar en el destello de una lágrima. Porque ya sé que mi grito es una carta que nadie quiere, que no tiene ya destinatario. O que el destinatario soy yo y en ella me dice ya nada me importa de aquello que piensas, de aquello que sientes. 
Ahora camino sin rumbo por calles que acaban en más calles, por recuerdos que acaban en nostalgia, por la melancolía de lo que nunca pasará.

Hasta que la realidad le enseñó que el futuro no era como lo soñaba, y descubrió la nostalgia”   Gabriel García Marquez

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Fin

A cada te quiero le seguía un silencio denso y gris, a cada amago de caricia la distancia que se adivina cuando alguien ya no te busca en los sueños. Intentaba engañarme y pensar que sólo era el inicio de unos puntos suspensivos. Finalmente caí en la cuenta de que era un punto y final que se repetía eternamente. Un punto y final que se quedaba agazapado en cada rincón de su garganta esperando la oportunidad para salir, para susurrarme despacito Ya no te quiero, no sé si alguna vez te quise…somos tan diferentes¡¡.

Ahora miro un paisaje que ya no será el mío y dejo escapar por su horizonte los besos rotos, esos que nunca he dado. Vuelan hacia el sol, con alas de mariposa.

Voy metiendo en mi equipaje los restos del naufragio mientras recuerdo un poema que me dice que debo agradecer siempre el que Itaca me brindara tan hermoso viaje y que sin ella no habría emprendido este camino, pero ya no tiene nada que ofrecerme.

Sé que con el paso de los días podré sonreír al recordar el tiempo que he tenido, a la emoción de haber vivido, al saber una vez más que nada es eterno o que en realidad la eternidad sólo es un pequeño rayo de luz entre tinieblas.

Notas para mi viaje: Pasar páginas, cerrar capítulos, tener cuidado con los caminos por donde transitar, ser capaz escribir otro relato.

 

“…Cruzo la calle apurando el paso

mordiendo las palabras que no supe decirte

si lloro el pasado, el futuro no existe,

hoy soy quien nunca quise ser…

Nada tuyo en mí, nada mío en ti,

excepto ésta, mi alma bajo la lluvia

mientras camino sobre el asfalto gris…”

                                      “Alma Bajo la Lluvia” by Memphis la Blusera.

Llegó con la primera luz de la mañana un día de finales de mayo. Era el más pequeño de los dos, contando entonces con apenas seis semanas de vida, según convenimos en calcular Darlene y yo. El otro, más mayor, se mostraba sociable y confiado, en contraste con él, temeroso y esquivo. Les dimos agua y algo de comida a pesar de que eran extraños a nosotros. Unas horas después el más grande saltó por el mismo lugar por el que aparecieron, dejando al pequeño a pié del muro envuelto en un maullido apenas apreciable. Volvió hacia mí su pequeña cabeza, sus ojos azules miraban expectantes, como aguardando una señal. Me senté en el suelo tranquilo, intentando ganar su confianza. Apenas unos segundos después entró en la casa y se tumbó ronroneando en el futón que tenemos en el piso superior. Le buscamos un nombre digno para un gato y desde entonces cada vez que decimos “Misha” sabe que estamos hablando de él y para él, que nos haga caso o no, es otra cosa.
Cada amanecer viene a la cabecera de la cama y me despierta con un “miau” apenas perceptible, como si no quisiera despertar a nadie más. Me levanto y le doy agua y comida si le falta, luego le abro la puerta de acceso a la terraza, por si quiere salir al huerto a buscar lagartos, pequeños ratones o algún pájaro. Pero ratones ya no quedan y los pájaros ahora están atentos y algo escarmentados.
Compartimos pequeños rituales como el que se repite cada día cuando por las mañanas bajo a dar de comer a las gallinas y me acompaña de visita a su antiguo territorio de caza ratonil, ahora desierto. O cuando bajamos a trabajar la tierra y se restriega cariñoso entre las piernas, las de Darlene o las mías, buscando en ocasiones secar su piel de la humedad del rocío que se acumula en las hojas de la caña de limón, su lugar favorito cuando decide esconderse para luego tratar de sorprendernos. Muchas veces nos persigue por todos los sitios hablando de sus correrías nocturnas o diurnas, creo que en alguna ocasión lo hace mascullando en lenguaje gatuno alguna imprecación o algún insulto dirigido a los gatos mayores y abusones que le persiguen con malas intenciones hasta el dintel de la puerta o se comen su comida. 
Por las noches salta sobre la cama y se refugia cauteloso entre las sábanas esperando a que nos acostemos y poder morder, jugando, las puntas de nuestros pies. Al rato, ya cansado, se encarama a la silla que está situada delante del ordenador, esa que un día fue mía, y se duerme, tranquilo y feliz…

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El hilo rojo…

La luna llena se asoma entre jirones de nubes. Es una noche fría de febrero en esa porción de  la Tierra cercana en la que un anciano sin nombre ha fijado esta noche su mirada. Una vez más al abrigo de las sombras y desde  que el hombre habita el planeta cercano sobre el que gira su hogar, ha salido a buscar entre las estrellas a aquellas almas que están predestinadas a unirse en la tierra y cuando las encuentra, atar al dedo meñique de cada una de ellas el extremo de un hilo invisible de color rojo, no se de el caso de que alguna vez pudieran perderse.

Ahora está de vuelta  a su refugio, una cueva encaramada a los altos del Monte Piton, lugar situado en los picos de lo que viene a llamarse los Alpes lunares y que no son sino montañas de lomas suaves que descienden perezosas hasta morir en las orilla del mar Imbrium.

Antes de entrar y a punto de cruzar el dintel, gira un momento la cabeza mientras observa el trabajo de esa noche y no puede evitar el preguntarse de qué material mágico estará hecho ese hilo para que nunca se rompa…

Yo no sabía nada de eso aquella tarde en la que vagando sin rumbo me sorprendió una lluvia de pasado y buscando refugio me adentré sin percatarme en un lugar que como único nombre tenía el de  “La Plaza”, según rezaba el cartel que lo anunciaba.

Enseguida me di cuenta de que el lugar era extraño, con unos escaparates de luces y de sombras que cambiaban según mirases desde un sitio u otro,  desde un paso antes o desde un paso después. El viento a veces jugaba en las esquinas a convertirse en remolino y levantar la falda de una estudiante de rasgos orientales y en otras ocasiones arrastraba en suaves ráfagas  hojas de árbol amarillas con mensajes escritos, que se pegaban a los muros a la espera de sus destinatarios. Caminaba entre indolente y curioso fijando una leve atención en unos y otros  cuando el reflejo de una sonrisa lejana me hizo prisionero  o eso creí al principio, al percatarme sorprendido de la aparición de un misterioso hilo rojo atado al dedo meñique de mi mano izquierda. Cómo, quién o quienes y cuando lo habían anudado eran parte del misterio, pero en mi interior algo me dijo que nunca lo soltara y a eso me dispuse. Estire suavemente desde mi extremo y cuando apareció una caracola sujeta a una pinza,  la acerqué a mi oído, y  pude escuchar los ecos de una voz que en una noche perdida en el tiempo, dejó atado en mi almohada un mensaje que decía tú espérame y yo, seré.

Entonces levanté  mi vista, al otro lado de la plaza estabas tú y supe que era cierto.

 

“Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper.”

Leyenda japonesa.Imagen

Entre la niebla…

Hoy mi paisaje inmediato, ese que cada anochecer recorro con la vista desde mi ventana, se ha transformado en un escenario mágico de formas apenas definidas.

Y es que la niebla, hoy ha venido de visita. No es algo común en mi ciudad y cuando sucede me gusta observar su avance silencioso,  ver como a su paso los perfiles se van difuminando,  y cómo al conjuro de su abrazo una capa de misterio envuelve todo.

En noches así dejo que mi pensamiento vuele libre, que juegue a perderse  por un laberinto de calles estrechas o  a perseguir la sombra de una risa por las amplias avenidas. 

A veces se para y recoge una  botella con la esperanza de encontrar en su interior algún mensaje, otras frota una lámpara olvidada en un rincón, esperando que de ella salga un genio y poderle pedir una alfombra voladora que le lleve por ejemplo, a Lanzarote, que es una isla con nombre de caballero de la mesa de un tal Arturo, esa historia de griales y Ginebras,  y no se me ocurre un nombre mejor para una isla.

De vez en cuando en su camino y al doblar una esquina  se encuentra con otros pensamientos. Normalmente apenas repara en ellos o se limita a observar en la distancia, pero en ocasiones al llegar a su altura se para  y entra.

Algunos son oscuros y se esconden detrás de sonrisas impecables, otros son hermosos aunque salgan de bocas gastadas por el tiempo.

Existen pensamientos que sólo buscan reflejarse en un espejo y  también pensamientos ligeros, tan ligeros como un do, re, mi, fa, sol…de vez en cuando se encuentra pensamientos que llevan prendidos entre sus pliegues una vieja canción de amor o quizás un poema callejero que dice “A veces pienso en ti, a veces también”….

Ahora debo decir adiós, tengo que abrir mi ventana y  pedir al mío que vuelva aunque sólo sea un instante. Se dónde está, está  justo en el lugar en donde nace mi arco iris y también sé que no querrá volver,  y no se lo reprocho. Yo tampoco querría, pero necesito que me traiga  con urgencia el brillo de una sonrisa lejana y la esperanza de un beso. La esperanza de un beso dulce y suave. La esperanza de un beso de esos por los que vale la pena esperar toda una vida.

 

Y sí, es un mudo maravilloso…si estoy contigo.

Te soñé un día …

Hacía muchos días que apenas transitaba la calle más allá de las rutinas necesarias, quería estar a solas con un pensamiento esquivo que a la menor oportunidad y sin hacerme el menor  caso, se marcha lejos.

Hoy paseo sin rumbo mezclándome con todos y con todas  por unas calles repletas de gente alegre, con ganas de fiesta, de gente alborotada. Es la Festa Major, es Sta. Tecla. Me gusta Tarragona, me gustan sus calles, pero sobre todas las cosas, me gustan las personas que la habitan. Pero el dichoso pensamiento vuelve a marcharse lejos, (hay que ver la afición que le ha cogido a eso de cruzar mares y océanos) y vuelvo a flotar en mi burbuja, elevándome por encima de balcones y tejados, pensando en ti. Cuando bajo es peor, te busco en cada rincón, tras cada esquina y a veces no sé dónde me encuentro, o sí, pero no puedo tocarte. 

Tú aún no lo sabías cuando entraste como un ciclón en mi vida y  la dejaste boca arriba, pero llevaba esperando mucho tiempo tu llegada.Eran tantas las ganas de encontrarte que a veces, confuso, abrí mi puerta a quién no  eras tú, pero eso ahora está muy lejos y creo que en cierto modo fue bueno, aunque sufriera,  porque aprendí  que no debía aceptar sustituciones, que tú serías la protagonista indiscutible o que no lo sería nadie,  que esperaría  por ti el tiempo que fuera necesario.

Has llegado, estoy en casa.

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