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Archive for the ‘Al paso de los días…’ Category

Me enamoré un poco más aquella tarde parda y fría de invierno cuando todo era un principio y en la que envuelta en un abrigo largo y negro, un gorro de lana calado hasta las cejas, la bufanda con la que protegía su boca al viento y con sus brazos pegados al costado, cruzó a la carrera una calle oscura  de Gerona con la leve amenaza de un coche en la distancia. Fue la primera percepción real que tuve de ella y la certeza de que era una mezcla de valor personal y miedo incrustado en las emociones, de decisión y de más fragilidad de lo que nunca admitiría y que tenía a la vez, como fuerzas contrapuestas, la dureza de un diamante y la luz y el calor de un universo reflejados en la sonrisa. Entonces la alcancé  caminando despacio hasta su lado y la atraje suavemente hacia mí intentando sortear  y romper en mil pedazos sus temores con mi abrazo. Supe también en ese instante que era la suma de pequeñas cosas, contradictorias a veces, ninguna más sobresaliente que las otras, pero todas juntas la hacían especial y única a mis ojos.
Luego descubrí mirando a hurtadillas su interior, el origen de ese frío que le quemaba en los huesos, el origen de un escepticismo vital que se enquistó en el fondo de su alma una mañana en que se despertó echando de menos el calor de una madre que un día se fue para no volver, conocí que las trampas de la vida en forma de traiciones fueron alimentando esos demonios y entendí que estaba  prisionera para siempre de sus dudas, prisionera de la sensación de miedo de los náufragos que buscan un tablón al que aferrarse sintiendo la angustia de creer que en realidad ninguno lo sostiene con la certeza que lo hará una tierra firme vagamente prometida. Y entonces amé aún más sus luces y sus sombras, esperando confiado que todo el amor guardado a lo largo del tiempo sería suficiente para llenar un vacío que aunque no me pertenecía, también era mío desde el momento en que le di mi corazón con la certeza ciega de que jamás lo rompería.  
Pero un día el aire arrastró el eco de unas  palabras que desnudaban la verdad que se escondía en los silencios, palabras que a su paso helaron mi corazón mientras empezaba a romperse poco a poco, palabras que fueron sellado mi boca, que taparon mis oídos, que cerraron mis ojos a una realidad  de la que no quieres hablar, a la que no quieres mirar, que no quieres ver, porque ahora también se han desatado tus propios demonios, que te abrazan con la fuerza y el vértigo del miedo que tienes a perderla definitivamente después de buscarla toda una vida, pero sabes que ha llegado el día, que ha llegado la hora de elegir entre ir soltando amarras, levar anclas dejando atrás cosas, lugares y personas en las que ya no encajas o entre dejarte deshacer en esa orilla lentamente, tan alejado de ti que en la distancia ya no te reconoces porque has dejado de vivir tu vida por querer vivir en la vida de otra persona y te has negado tres veces a ti mismo.
Ahora es inevitable y tienes que elegir entre ser feliz en otro paisaje o tener razón, sabiendo que tener razón y querer demostrarlo supone un desgaste que no vale la pena porque es perder el sueño por intentar cambiar el universo o porque es imposible contener un alud con tan solo abrir tus brazos. Y entonces te instalas en la duda porque a pesar de todo lo evidente quieres aferrarte a la magia de un sueño inconcluso, quieres tener la certeza de que cuando una pesadilla del pasado amenace tu sueño estará a tu lado y que tus monstruos huirán al conjuro de su abrazo y porque quieres estar despierto cuando los suyos se acerquen en silencio al borde de su alma, porque aún te gusta escalar sus montes y perderte en sus valles más húmedos y oscuros, y también por las raíces que ya tienes en la tierra que abres con tus manos, esa tierra que riegas con tu sudor y que vuelve a ti en forma de olores y sabores, porque quieres seguir percibiendo en la oscuridad el tenue olor del jazmín que trepa por las paredes emborrachando tus sentidos, porque quieres sentir una vez más la suave rugosidad del árbol de la pimienta, el murmullo coral que sale del interior de la colmena, del viento del sur y el tañido de la campana, de la Luna en el horizonte mientras se mira en el mar, de Venus, de Marte, del cinturón de Orión y de esa Vía Láctea que se dibuja en la noche como un camino de estrellas que miraba sentado en la ventana sin percibir que en realidad estaba al borde de un precipicio emocional que iba extendiendo sus manos lentamente consciente de su triunfo y mi ignorancia.
Finalmente he optado por intentar ser feliz, elegí el dejar que el viento me despeine las certezas, la posibilidad de perderme en el camino buscando un trébol de cuatro hojas, elegí también el que no me importe si estoy cansado de que los errores me lastimen, de que las ilusiones se apaguen, porque aunque a veces todo me parezca nada elegí dejarme abrazar por el olor de la vainilla,elegí correr detrás de mis sueños sabiendo que puedo tropezar y caerme, quedarme en el lugar en el que me rompió el corazón y enfrentarme al dolor y la nostalgia de lo que nunca viví, elegí perdonar olvidar continuar, envidiar la memoria de un pez porque puede volver a enamorarse cada siete segundos, pero sobre todo, elegí dejarme en paz, porque de tanto pelear conmigo mismo he olvidado a que sabe una sonrisa.

“Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven…”

“Rayuela”. J. Cortázar

 

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Sirenas…

La había llamado y soñado tantas veces que cuando apareció ya recordaba la suavidad de cada uno de los pliegues de su boca y con ella a mi lado, no extrañaba nada. Me olvidé del mundo, me olvide de mí sin saber que en realidad me estaba perdiendo en un lugar de sirenas que nadaban en un mar de sentimientos temporales, ignoraba que esos son los pequeños detalles que se escapan en los sueños, el mío era el de un sentimiento que se perdiera en el tiempo y viajara en la distancia. Amaba cada centímetro de su piel, su olor, el sabor de su sonrisa vertical, cada pelo y cada poro de su cuerpo. Aún no sabía que era una sirena que en algún lugar ocultaba espinas y  escamas y le di mi vida entera a rebanadas para demostrarle al mundo que era mentira el que la felicidad siempre es más pequeña que los sueños.
Ahora, con cada anochecer intento dejar ir un amor sin destino con la esperanza de que se aleje y encuentre refugio en la casa de las nubes, también con la certeza de saber que volverá con la mañana en forma de una gota de rocío sujeta en la larga lengua de una mariposa o en ese destello de sol que se  filtra entre las hojas de los árboles en un ciclo eterno de retorno.
Pero yo no quiero convivir con la derrota porque el ahora y el mañana son míos, sólo a mí me pertenecen…

 

“Posiblemente me quisiera, vaya uno a saberlo, pero lo cierto es que tenía una habilidad especial para herirme”
 Mario Benedetti, La tregua.

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Me gustaba caminar dos o tres pasos detrás de ella, no sólo porque los paseos a su lado tuvieran siempre algo de maratón, sino por el simple placer de contemplar el baile hipnótico de sus caderas saludando con su ritmo a un lado y otro de la calle. Su culo me gustaba especialmente, por lo que siempre tenía puesto el freno en mi mano, no fuera que entre baile y baile, entre compás y compás, se me escapara algún pellizco o quisiera arrinconarla al abrigo cómplice de un callejón y meter mi mano entre la cintura de su pantalón más allá de sus braguitas, jugando a buscar mi sol entre las sombras de su cuerpo.
Esperaba, siempre con un punto de impaciencia, la llegada de la noche, acostarme a su lado y abrazarla, notar la desnudez de su pecho junto al mío, un completo, decía entre risas, pero yo siempre quería un poco más y ella con el tiempo, un poco menos. Mientras hablábamos del día pasado o de los que vendrían cerraba los ojos y muy lento, muy suavemente, recorría con mis manos cada centímetro de su cara, de su pelo, hasta quedarme dormido en sus palabras.                                                              Yo entonces aún no lo sabía, pero con ese gesto estaba aprendiendo a construir un muro de recuerdos, estaba aprendiendo a olvidarla.
“ …Quiéreme, ahora que llegó el final, quiéreme, sin mas puntos suspensivos, quiéreme, aunque venga el bien del mal, quiéreme, como si estuviera vivo…”
Quiéreme. L.E.Aute

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Es un cambio sutil, es una humedad apenas perceptible que en el silencio de la noche se va instalando en ti y lo moja todo. Es la humedad que anuncia que el otoño se acerca y el anuncio de su visita lo trae en su interior una nube más densa que las otras, lo anuncian también los pájaros que vienen del norte o la brisa suave y fría que recorre tu piel y la mañana.                         Ahora mi paisaje es otro, no es el que vi ayer, tampoco es el que veré mañana. Fijo la mirada en el camino que se abre ante mí y mientras voy recogiendo mi equipaje, pienso que sí, que el tiempo está cambiando, y las cosas, y yo. No es mucho lo que queda de mi vida anterior, algo de ropa, un coche que empieza a ser viejo, fotos de otros tiempos, de aquellos en los que empezaba a correr detrás de la sombra de mis sueños, el arco y las flechas que dejó un cupido torpe y desgarbado al que despedí porque no acertaba una, alguna ilusión, alguna esperanza, palabras de amor prendidas de alfileres que quiero guardar para volver a estremecerme con ellas algún día y un baúl repleto de recuerdos. Entre ellos el de una tarde fría y gris en otro otoño, en otro lugar, cuando todas las ilusiones eran nuevas, cuando todas las caricias estaban enteras y no había un rincón que guardase los besos perdidos. Recuerdo la brevedad de su mano buscando el calor de la mía, las ganas de abrazarla, un beso, el silencio siguiente, su mirada, la emoción del momento, el amor absoluto que sentía.                        

Es todo mi equipaje.                                                                                                                                         

“El unicornio azul, ayer se me perdió, no sé si se me fue, no sé si se extravió…y puede parecer acaso una obsesión, pero no tengo más que un unicornio azul y aunque tuviera dos yo solo quiero aquel…mi unicornio azul se me ha perdido ayer, se fue”.  

 El unicornio azul. Silvio Rodriguez.

 

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Saudade.

Está ahí de nuevo. Hace un tiempo que anunciaba su visita con notas en blanco franqueadas con sellos de silencio. No importa que haya optado por la estrategia de los monos, que no quisiera ver, que no quisiera oír, que no pudiera hablar. Está ahí de nuevo. Ha traído un billete de ida y un billete sin vuelta que amenazan con ahogarme. Es dueña de mi insomnio y durante ese duermevela en que se han convertido mis noches me obliga a fijar el pensamiento en esa nada que ahora me rodea. A veces me muestra una caja, yo quisiera que fuera la caja de Pandora y que en su interior aún quedara la esperanza, pero ya no guarda palabras. Está forrada con el eco de pequeños reproches, forrada de miradas que se desvían para no encontrar la tuya, forrada con el eco de esos pequeños pasos que se alejan de ti de modo irremediable.
Quisiera gritar un vuelve, un te quiero, cualquier cosa, pero las palabras se mueren en mis labios para resucitar en el destello de una lágrima. Porque ya sé que mi grito es una carta que nadie quiere, que no tiene ya destinatario. O que el destinatario soy yo y en ella me dice ya nada me importa de aquello que piensas, de aquello que sientes. 
Ahora camino sin rumbo por calles que acaban en más calles, por recuerdos que acaban en nostalgia, por la melancolía de lo que nunca pasará.

Hasta que la realidad le enseñó que el futuro no era como lo soñaba, y descubrió la nostalgia”   Gabriel García Marquez

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Fin

A cada te quiero le seguía un silencio denso y gris, a cada amago de caricia la distancia que se adivina cuando alguien ya no te busca en los sueños. Intentaba engañarme y pensar que sólo era el inicio de unos puntos suspensivos. Finalmente caí en la cuenta de que era un punto y final que se repetía eternamente. Un punto y final que se quedaba agazapado en cada rincón de su garganta esperando la oportunidad para salir, para susurrarme despacito Ya no te quiero, no sé si alguna vez te quise…somos tan diferentes¡¡.

Ahora miro un paisaje que ya no será el mío y dejo escapar por su horizonte los besos rotos, esos que nunca he dado. Vuelan hacia el sol, con alas de mariposa.

Voy metiendo en mi equipaje los restos del naufragio mientras recuerdo un poema que me dice que debo agradecer siempre el que Itaca me brindara tan hermoso viaje y que sin ella no habría emprendido este camino, pero ya no tiene nada que ofrecerme.

Sé que con el paso de los días podré sonreír al recordar el tiempo que he tenido, a la emoción de haber vivido, al saber una vez más que nada es eterno o que en realidad la eternidad sólo es un pequeño rayo de luz entre tinieblas.

Notas para mi viaje: Pasar páginas, cerrar capítulos, tener cuidado con los caminos por donde transitar, ser capaz escribir otro relato.

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El hilo rojo…

La luna llena se asoma entre jirones de nubes. Es una noche fría de febrero en esa porción de  la Tierra cercana en la que un anciano sin nombre ha fijado esta noche su mirada. Una vez más al abrigo de las sombras y desde  que el hombre habita el planeta cercano sobre el que gira su hogar, ha salido a buscar entre las estrellas a aquellas almas que están predestinadas a unirse en la tierra y cuando las encuentra, atar al dedo meñique de cada una de ellas el extremo de un hilo invisible de color rojo, no se de el caso de que alguna vez pudieran perderse.

Ahora está de vuelta  a su refugio, una cueva encaramada a los altos del Monte Piton, lugar situado en los picos de lo que viene a llamarse los Alpes lunares y que no son sino montañas de lomas suaves que descienden perezosas hasta morir en las orilla del mar Imbrium.

Antes de entrar y a punto de cruzar el dintel, gira un momento la cabeza mientras observa el trabajo de esa noche y no puede evitar el preguntarse de qué material mágico estará hecho ese hilo para que nunca se rompa…

Yo no sabía nada de eso aquella tarde en la que vagando sin rumbo me sorprendió una lluvia de pasado y buscando refugio me adentré sin percatarme en un lugar que como único nombre tenía el de  “La Plaza”, según rezaba el cartel que lo anunciaba.

Enseguida me di cuenta de que el lugar era extraño, con unos escaparates de luces y de sombras que cambiaban según mirases desde un sitio u otro,  desde un paso antes o desde un paso después. El viento a veces jugaba en las esquinas a convertirse en remolino y levantar la falda de una estudiante de rasgos orientales y en otras ocasiones arrastraba en suaves ráfagas  hojas de árbol amarillas con mensajes escritos, que se pegaban a los muros a la espera de sus destinatarios. Caminaba entre indolente y curioso fijando una leve atención en unos y otros  cuando el reflejo de una sonrisa lejana me hizo prisionero  o eso creí al principio, al percatarme sorprendido de la aparición de un misterioso hilo rojo atado al dedo meñique de mi mano izquierda. Cómo, quién o quienes y cuando lo habían anudado eran parte del misterio, pero en mi interior algo me dijo que nunca lo soltara y a eso me dispuse. Estire suavemente desde mi extremo y cuando apareció una caracola sujeta a una pinza,  la acerqué a mi oído, y  pude escuchar los ecos de una voz que en una noche perdida en el tiempo, dejó atado en mi almohada un mensaje que decía tú espérame y yo, seré.

Entonces levanté  mi vista, al otro lado de la plaza estabas tú y supe que era cierto.

 

“Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper.”

Leyenda japonesa.Imagen

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